Estebítan Cueceleches, sus santos varones, su verbo exuberante y sus espléndidos despropósitos hacen de este hombre interminable el humorista más admirado del país. Hay quienes ríen con él desde que era el Tip compañero de Top, una inmensa mayoría que le conoció cuando era el larguirucho y bigotudo alter ego de Coll y muchos que se han hecho sánchez-polack-adictos desde que se produce en solitario, aunque fastuosamente rodeado de lo mejor de lo mejor del ingenio nacional en sus mañanas de radio y noches televisivas. Han sido precisamente sus colegas quienes han solicitado para este genio del absurdo, que lleva cincuenta años haciendo reír al personal, la medalla de oro del trabajo. Está deseando que se la den para poder, de una vez, tumbarse a la bartola.
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