Le ha tocado, a los 72 años, el papel más duro de su vida. Y él, que nunca usa maquillaje para subirse a un escenario ni para ponerse ante una cámara, lo está interpretando con la impuesta caracterización de un cráneo rapado, que le da un aire de efigie romana y la infinita dignidad de un hombre valiente. No está dispuesto a que la función dure mucho ni a que el texto acabe ganándole la partida. Su feroz enemigo, el cáncer, se ha topado con una voluntad de hierro, que tiene asombrados a sus médicos y que lucha, con esa media sonrisa que a tantas mujeres ha encandilado, contra la enfermedad que todos tememos y que él se ha propuesto vencer.
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