Patética corrida la de aquel día. El viejo toro hizo su penoso paseillo desde los toriles, cabizbajo, solo, ante una larga hilera de sedientos fotógrafos. Entró en la plaza, miró al tendido, y el público -más periodistas que diputados- era un griterío que pedía sangre. No habían sonado las taurinas cinco campanadas de la tarde, pero ya los diestros se peleaban por ser los primeros en lucir su suerte. Se impuso la cuadrilla de los populares sobre los de Izquierda Unida, y salió al fin Luisa Fernanda Rudí -mitad diestro, mitad parcheada princesa de Eboli- a clavar las más afiladas banderillas de la tarde. No quiso estoquear al bicho sino acorralarle con un rosario de afiladas preguntas para darle la oportunidad de defenderse. La espada de la diputada apuntaba a toros mucho más grandes. Pero el bicho no embistió, y mucho menos respondió al retórico capote del comunista Paco Frutos. Parado en medio de la plaza, con la mirada perdida, solo, desamparado, sorteó la larga corrida hasta que salió el último diestro, y esta vez sí, ante un Hernández Moltó crecido, enardecido y hasta rabioso, el toro se enfrentó a su suerte. "¡Hey, toro!", "¡Señor Rubio, míreme a la cara!" Y se hizo el silencio en la plaza y el público pudo ver cómo el diputado socialista, cándido pastor de la pieza en 1992, se mudaba hoy en despiadado matador, lanzando, sin quiebros ni muletazos, todo el peso de su espada sobre el entregado toro.
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