Fue el símbolo de la lucha de la Humanidad contra el racismo, el soporte moral de la rebeldía de sus hermanos de raza contra el apartheid y, por una curiosa pirueta histórica, ha terminado por convertirse en la gran esperanza de los mismos blancos que le encarcelaron y en la única garantía de paz y estabilidad para Sudáfrica. Cuando se ciña la banda presidencial, Nelson Mandela, antaño el preso 466/64 de Robben Island y ahora el espectacular vencedor de los primeros comicios multirraciales que ha vivido el coloso de África meridional, habrá consagrado no sólo su triunfo personal sobre la humillación y el sufrimiento sino también el de la dignidad humana sobre la barbarie y el odio, el de la libertad sobre las cadenas.
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