La ruptura de los aneurismas intracraneales suponen el 80% de las hemorragias intracerebrales no traumáticas.
Cuando se produce el sangrado del mismo es necesario valorar el posible daño neuronal asociado tanto por isquemia como por compresión extrínseca, por lo que las medidas iniciales se dirigen al control estricto de la presión arterial (PA) para asegurar una adecuada presión de perfusión cerebral (PPC) con fármacos como el nimodipino. Si se produce una hemorragia de tal calibre que aumente o pueda aumentar de forma alarmante la presión intracraneal (PIC) y poner en riesgo la vida del paciente será necesario realizar una craneotomía descompresiva emergente con evacuación del hematoma mientras se favorece la hipotensión controlada del paciente para disminuir el sangrado.
En caso de aneurismas íntegros, el tratamiento puede realizarse de manera endovascular con coils o bien pueden ser resecados en quirófano, precisando de nuevo de cierto grado de hipotensión local para impedir su sangrado.
Las hemorragias intracraneales traumáticas serán quirúrgicas si afectan al estado clínico del paciente o se localizan en regiones donde el aumento de la PIC pueda producir una herniación cerebral. Su tratamiento se realizará mediante trepanotomía en caso de ser epidurales o subdurales, el resto pueden beneficiarse de una craneotomía. En estos casos, además de las medidas para prevenir el sangrado, cobra especial importancia el manejo especializado de la vía aérea que suele asociarse a inestabilidad cervical en una gran cantidad de casos.
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