Este artículo se propone desarrollar los modos fecundos en los que León Rozitchner afectó la lectura de la teoría psicoanalítica y su práctica, en tantos y tantas psicoanalistas en general, y en particular las mías. También se propone expandir esa herencia, porque León es como Gardel: la muerte no lo mata, cada día canta mejor. Ni la muerte ni el paso del tiempo han logrado impugnar su presencia, esa vitalidad que conversa con el presente y el porvenir. León –filósofo– ha trabajado metodológicamente como un afilado psicoanalista: empezando por detectar las omisiones, desmentidas, sepultamientos y represiones en los resortes del trabajo de pensamiento que animó a la teoría psicoanalítica.
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