Ha estallado una nueva guerra entre los creadores de contenidos culturales y las empresas tecnológicas que explotan sus obras. Más cruenta que cualquiera anterior porque esta vez un bando cuenta con fondos prácticamente ilimitados. El resultado de varios litigios en marcha y la legislación que, sobre todo en Estados Unidos y la Unión Europea, se apruebe para salvaguardar el equilibrio son quizá la última esperanza de una comunidad creativa que, nuevamente, asiste a una disrupción tecnológica que amenaza la sostenibilidad de la cultura.
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