El 6 de enero 1932, Domingo Barnés Salinas, miembro del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes dirigido por Fernando de los Ríos, en el segundo gobierno de Manuel Azaña, accedía al deseo del Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid de modificar el nombre de esta Corporación por el de “Academia Española de Farmacia”, con la finalidad de marcar, con mayor claridad, sus objetivos de “promover y propagar los adelantos de la Ciencia Farmacéutica, fomentar la cultura y contribuir al prestigio de los farmacéuticos”.
De los 200 miembros que componían el Real Colegio de Farmacéuticos de Madrid en estos inicios de 1932, todos farmacéuticos y residentes en Madrid, tan solo ocho eran mujeres, un número muy pequeño que hemos de valorar dentro de la situación social y del rol asignado a la mujer en la época; simplemente las dificultades que tenían para cursar estudios universitarios era todo un reto.
Tras la Guerra Civil, y las correspondientes depuraciones, aquellos antiguos académicos que desearan seguir perteneciendo a la Corporación quedaban obligados a presentar la correspondiente solicitud. Ninguna mujer presentó su candidatura a miembro de número, solo tres se mantuvieron en el estatus de académicas correspondientes: Josefina Bayle, Ascensión Mas-Guindal Calderero y Petra Ascensión Vidal Piazuelo.
Desde 1946, mediante un decreto firmado por José Ibáñez Martín, Ministro de Educación Nacional, la Academia Nacional de Farmacia quedó incorporada al Instituto de España. La entrada de una mujer a esta Corporación no ocurrirá hasta 1955, entonces se incorporará, como académica correspondiente, María Dolores Stamm Menéndez. Tras ella, de manera paulatina, fueron admitidas otras más hasta que, en 1987, una mujer alcanzó el reconocimiento de excelencia como académica de número; será María Cascales Angosto la primera en lograrlo desde que nuestra Corporación formara parte del Instituto de España.
El camino que estas mujeres tuvieron que recorrer hasta alcanzar el máximo reconocimiento, al igual que en otras instituciones científicas o académicas, fue largo y –no pocas veces- preñado de dificultades. Nuestro propósito es analizar quiénes fueron estas pioneras y cuáles los medios y modos que las llevaron a alcanzar sus objetivos.
Nuestra investigación pretende reintegrar sus nombres en la historia, dejar constancia de su esfuerzo, dedicación y constancia y poner en valor su excelencia científica; para ello nos serviremos, básicamente, de los documentos conservados en el Archivo de la Real Academia Nacional de Farmacia.
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