La Historia de Rusia sigue escribiéndose con sangre. La guerra entre Boris Yeltsin y sus otrora aliados, ayer enemigos y hoy cautivos, Ruslán Jasbulátov y Alexander Rutskoi, convertidos a la sazón en la postrera reencarnación de un Lenin definitivamente condenado al olvido, se ha librado entre los muros de la Casa Blanca moscovita, símbolo, hace tan sólo dos años, de la lucha por la libertad del pueblo ruso. La imagen de este edificio destrozado, herido, sembrado de cadáveres despanzurrados, se ha convertido en el trágico testigo de la victoria del zar Yeltsin sobre los díscolos boyardos, pero también en una advertencia y, quizás, en un pesado lastre de cara al futuro. Ahora, ese mismo pueblo, que se ha arrojado en los brazos del presidente ruso huyendo de sus amenazantes enemigos, espera que su costoso y terrible sacrificio no haya sido en vano.
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