Boris, "el Terrible", parece haber conseguido, por fin, acabar con los rebeldes del Soviet Supremo que encabeza el "boyardo" Jasbulátov. La lucha entre estas dos desmedidas ambiciones ha situado a Rusia al borde de la guerra civil. La duplicidad de funciones, los conflictos de competencias y los intereses contrapuestos han provocado un parálisis sin perspectivas y la agudización de la crisis económica. La víctima es, una vez más, el sufrido y maltratado pueblo ruso, sometido durante siglos, y ahora no es una excepción, a los veleidosos caprichos de unos oligarcas, de cuna o de carné, indolentes, insaciables, vampíricos y despóticos, y condenado al papel de simple espectador en esta enésima conjura palaciega.
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