El erotismo vende, la vulgaridad no. El último escándalo, el anuncio en el que se nos prometían los pechos de la ministra y los testículos del presidente del Gobierno, así lo ha puesto de manifiesto: ha conseguido llamar la atención, pero ha provocado una postura de rechazo tanto en los telespectadores como en los propios profesionales de la publicidad. Después de unos años en los que imperaban los spots con carga sexual y dobles sentidos, ahora se demanda sensibilidad y buen gusto. Eso sí, para que el producto tenga éxito, hay que añadir un ingrediente fundamental: la sensualidad. Y si todo ello viene de la mano de un desnudo elegante y sugerente, mejor que mejor.
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