Este arquitecto que está ante mí, Manuel Ayllón (Madrid, 1952), con pelo rebelde que le cae sobre la frente, barba rala, aire rabínico y una verborrea culta que aplica, imparable, a todo lo divino y a todo lo humano, tiene, en un discreto despacho de la Gran Vía, la apariencia de un tecnócrata. Pero es otra cosa, no se muy bien qué. Dirige el "Consorcio Urbanístico del Pasillo Verde Ferroviario de Madrid", anda concursando para poder hacer algo parecido en torno a la estación de Chamartín y ha conseguido que esta ciudad tenga un monumento, ideado por él, llamado "Puerta Sur", levantado "a la gloria del Mayor Arquitecto del Universo". Encima, ha escrito un libro, "El acercamiento profano al arte sagrado", en el que, según afirma Luis Racionero en el prólogo, "expone su concepción de la arquitectura con unas ideas valerosamente ajenas a las modas imperantes".
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