En la Filipinas de Cory Aquino, la crispación se ha convertido en norma de vida. Tan grave es el deterioro de la situación y tan escasa la confianza de la población en la capacidad de sus fuerzas del orden para hacer frente a la creciente amenaza de los 30.000 guerrilleros -según los informes de la Central de Inteligencia norteamericana- del comunista Nuevo Ejército del Pueblo, que controla el 40 por 100 de las zonas rurales y el 20 por 100 de las ciudades, que han decidido defenderse por sus propios medios. En todo el archipiélago proliferan grupos paramilitares, integrados por civiles armados que se autotitulan "vigilantes", que bajo el control teórico del Ejército y la Policía se dedican a ayudar a estos a luchar contra el enemigo. Sin embargo, en muchos casos tras esta oficial misión se encuentran oscuros intereses y no menos inconfesables actividades. Es el último episodio de esta trágica ceremonia de la confusión que vive Filipinas desde hace meses.
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