Alta y blanca, casi como un púlpito al borde las nubes, triunfaba la tribuna de oradores, o sea, la tribuna para el Orador. Más alta todavía, flanqueada por dos senderos de rosas, la Mesa del Congreso. Se adivina la barba entrecana de Eduardo Martín Toval, en papel de vicepadre eterno, y la cabeza redonda de Carmen García Bloise, angelote rubio del PSOE, angelote rubio y exterminador, porque Carmen es quien, en el partido, blande la espada flamígera. Y ya en el empíreo, cumbres del Sinaí, el largo kremlin de la Ejecutiva Federal, con Ramón Rubial en medio, portero mayor del paraíso socialista. De pronto, se alzaron los congresistas, se puso en pie la famélica legión, y el coro atronó los espacios: "Arriba los pobres del mundo".
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