Once meses atrás, en este mismo despacho de luces oblicuas, moqueta gastada y paredes desnudas, Arturo García Tizón -entonces recién llegado a la séptima planta del edificio más sólido de la derecha, que es donde habita el poder- parecía una figura diminuta, lampante y deslumbrada por esa alineación geométrica de cuatro teléfonos sobre una mesita de nogal, el interfono directo con un cuarto de secretarias y una mesa circular, en el ángulo más iluminado de la habitación, donde pasa revista -cada mañana- el partido menos pequeño de la oposición.
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