El viajero tiene la sensación de que los controles de seguridad de los aeropuertos, lo mismo que la actitud de los aduaneros, actúan como abanderados de cada país. En Río de Janeiro, el aduanero charla amistosamente, esforzándose por chapurrear el español. Y cuando el viajero le cuenta su propósito de viajar del Atlántico al Pacífico, comenta que, como Brasil, no encontrará otro lugar en el mundo.
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