Nuestra economía se precipita hacia la crisis. Se hunde el Producto Interior Bruto (PIB), que comienza incluso, no ya a crecer cada vez menos, sino a decrecer; el déficit exterior nos sitúa en porcentajes más que preocupantes; la peseta parece entrar, como a partir de 1928, en una devaluación reptante; la deuda externa crece hasta comenzar a bordear los 90.000 millones de dólares; la presión de la inflación subyacente -esto es, la que se estima si se eliminan los precios de los alimentos y de los productos energéticos- puede colocarnos, por lo que se relaciona con la competitividad respecto a otros países, en una situación cada vez más difícil...
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