La ceremonia de los Oscar es una de esas cosas inequívocamente americanas. En realidad, es un buen reflejo del modo de ser estadounidense. Cuando comenzaron a entregarse estos premios en 1929 (véase la estupenda película de Blake Edwards Asesinato en Beverly Hills) aún vivía el mítico sheriff Wyatt Earp, el del duelo en O.K. Corral, y Estados Unidos tenía un pie en su reciente pasado marcado por la conquista del Oeste, y otro en el floreciente desarrollo que muy pronto le iba a dar su primer susto histórico en forma de crack de la bolsa. Hoy, los oscars siguen siendo un espejo del país; en lo bueno y en lo malo.
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