Cuando está a punto de cumplirse el XXV aniversario de aquel legendario e idealizado mayo del 68, Francia, escenario de una buena parte de las grandes convulsiones políticas de la Historia, ha vuelto a vivir una nueva revolución, aunque, esta vez, de marcado signo conservador. La victoria, rotunda, inapelable y casi insultante, del centro-derecha y la humillante derrota de los socialistas en las elecciones legislativas obliga, dadas las peculiaridades del sistema presidencialista galo, a una nueva "cohabitación" entre François Mitterrand, un presidente acorralado y poco menos que rehén de su propia "grandeur", y un primer ministro conservador, Edouard Balladur, cuyo margen de maniobra se ve agigantado por la legitimidad que le otorga una aplastante mayoría gubernamental. Ahora, los franceses tienen ante sí el dilema de reformar sus instituciones o de embarcarse en otra carrera electoral, de mucho más alcance y transcendencia que la recién concluida, en la que la meta es el Elíseo, la auténtica meca del poder galo.
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