No podía ser de otra forma. Los coreógrafos políticos washingtonianos no iban a dejar nada al azar. Así, la ceremonia de la "entronización" de Clinton como máximo líder mundial no terminó el mismo miércoles de su investidura como presidente de los Estados Unidos, sino un día después, cuando un caza norteamericano atacó una batería antiaérea iraquí. El nuevo inquilino de la Casa Blanca, cuya fama de componedor a cualquier precio y de excesivamente sometido a la influencia de la resuelta Hillary no contribuye a enaltecer su imagen de independencia y determinación, no podía permitirse el lujo de aparentar debilidad ante las rufianescas maneras de Sadam Husein. De modo que, si no más madera, al menos más metralla. Es una forma como otra cualquiera de empezar a desvelar ante el mundo lo que él mismo llamó en su discurso de investidura el "misterio de la renovación americana".
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