El viernes 11 de diciembre, la pequeña calle zaragozana de Villa de Ruesta se convirtió en un infierno. La muerte, la desolación, la sangre, el polvo y la metralla se adueñaron del ala izquierda del cuartel de la Guardia Civil levantado en la avenida de Cataluña. Eran las seis y diez de la mañana y la ciudad entera se conmovió. Uno de los más odiosos atentados terroristas acababa de producirse.
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