Cuando desparece el rastro del verano en esa Mancha solariega, cuando los calores dan paso a las primeras heladas invernales, cuando el sol ya no es la excusa para la siesta, se levanta la veda del azafrán. Viejos, jóvenes y niños dejan el calor de la chimenea, el trabajo o el escondite para correr a los campos a recoger "la flor". El azafrán no puede esperar: "Si no se recoge el mismo día que sale, al siguiente no vale para nada", nos comenta María, que ya lleva medio siglo arañando a estas tierras ese fruto.
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