A la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, se dio paso, tras una serie de controvertidas decisiones, a la proclamación de su hija primogénita, Isabel II, como Reina de España, ejerciendo la Regencia su madre, María Cristina, como Reina Gobernadora. La villa de Puerto Real, de especial relación y significación con la Corona, que les venía secularmente desde su fundación por los Reyes Católicos, celebró dicha proclamación los días 6, 7 y 8 de noviembre con una serie de actos protocolarios, acompañados de festejos en los que se deja entrever las actitudes entusiastas de rigor, unas veces forzadas y otras espontáneas, dentro del compromiso de las autoridades locales por cumplir institucionalmente con lo dispuesto a tal efecto. Con todo, de la documentación consultada, resulta evidente la decadencia manifiesta de la localidad que, tras una serie de contratiempos anteriores que venían prácticamente desde inicios del siglo XIX, atravesaba por una muy difícil coyuntura económica que, a duras penas trataba de ir solventando. Por ello, estos fastos significativos necesitarían también de la consabida suscripción popular, creemos que más simbólica que efectiva, para aliviar las cargas consiguientes. Pero, también, resultan muy significativas una serie de medidas “aperturistas”, de más calado político, que llaman poderosamente la atención por su temprana ejecución en contraste con el absolutismo que oficialmente dejaba de estar en vigor, tan solo, un par de meses antes. Asimismo, la decidida apuesta de las autoridades locales por el futuro de la monarquía isabelina, con discreta, pero inequívoca advertencia sobre quienes quisieran ponerla en cuestión, habida cuenta del conflicto dinástico que en aquellos momentos ya se empezaba a plantear.
However, from the documentation consulted, the manifest decline of the town is evident, which, after a series of previous setbacks that began practically at the beginning of the 19th century, was going through a very difficult economic situation that it was barely trying to solve. Therefore, these significant celebrations would also require the usual popular subscription, we believe more symbolic than effective, to alleviate the consequent burdens. But, also, a series of “openness” measures, of more political significance, are very significant, which draw powerful attention for their early execution in contrast to the absolutism that officially ceased to be in force, just a couple of months before. Likewise, the determined commitment of the local authorities to the future of the Elizabethan monarchy, with a discreet but unequivocal warning against those who wanted to question it, given the dynastic conflict that was already beginning to arise at that time.
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