Los ordenadores provocaron el pánico. Ni el pulso entre Washington, Bonn y Tokio, ni la Guerra del Golfo, ni la devaluación del dólar, ni el déficit exterior de Estados Unidos, ni la especulación galopante de los últimos meses han tenido la culpa del descalabro financiero. Los ordenadores de Wall Street se volvieron locos porque no tienen corazón y sólo siguieron a rajatabla un programa estricto que no estaba preparado para un "lunes negro". Sólo en Nueva York, la pérdida de valor de los títulos se ha evaluado en sesenta y cinco billones de pesetas. Las pérdidas reales, por vender a la baja, se estiman en más de nueve billones de pesetas. En Madrid, la depreciación teórica de los títulos, ya que prácticamente no se hicieron cambios el martes 20, fue de cien mil millones de pesetas.
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