El pueblo español tiene un arte especial para sacudirse las pulgas. Cada maestrillo muestra su librillo, y cuando menos se piensa salta la noticia sorprendente, como si la imaginación fuera el misterioso motor que, burla burlando, presenta batalla a un trasnochado y primitivo paternalismo político. España, como todo el mundo sabe, no tiene televisiones privadas. Pero Elche, la hermosa ciudad levantina, sí. Al pronto, sin aviso, sin levantar polvo. Elche entra en la historia de los adelantados, de la primera patrulla que abre fuego por la libertad de la televisión. Allá les va la pequeña historia, que más parece una parábola.
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