La televisión actual está regida por el criterio de conseguir la mayor audiencia posible. Para conseguirlo, las televisiones, incluidas las públicas, se saltan las normas éticas y del buen gusto, degradando sus contenidos habituales. Todo esto se justifica aduciendo que dan a la audiencia lo que ésta pide. El presente artículo pone en duda esta afirmación, destacando que no se dan las condiciones para que realmente se pueda decir que la audiencia elige libremente y por sí misma. Y si esto falta, entonces no se puede afirmar que se esté dando a la audiencia lo que pide.
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