La constatación es evidente. Las democracias liberales, parlamentarias, adosadas a Estados llamados de derecho, hacen frente, en el exterior, a regímenes que aborrecen esa forma política, mientras que, en su interior, son saboteadas por una amplia fracción de fuerzas de derecha o extrema derecha. Los recientes éxitos electorales de las formaciones más nacionalistas y xenófobas en Italia, Holanda y Alemania dan fe de ello. No se trata aquí de aprobar la actuación de las democracias parlamentarias que están históricamente vinculadas al colonialismo y que han dado un envoltorio liberal a la explotación capitalista de la fuerza de trabajo. Se trata más bien de mostrar cómo el neoliberalismo, como modo general de organización económica y social a todos los niveles de la vida, ha funcionado y sigue funcionando como una formidable máquina de destrucción de la democracia liberal.
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