El viernes nevaba en la sierra y neviscaba en Madrid. Caía sobre la ciudad un aguanieve fina y volandera. A don Ramón María del Valle-Inclán se le helaban las barbas de chivo en su estatua de bronce y sueño, mientras miraba pasar este esperpento que no cesa. Las gentes del teatro, algunas, pocas, Buero y comparsas, acudieron con abrigo a ponerle la bufanda blanca al viejo coñón y a decir exorcismos y conjuros sobre el lecho donde nunca termina de morir el Teatro.
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