Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el primer tercio del XX, varios movimientos doctrinales y no pocas personalidades del pensamiento, trabajaron y centraron sus esfuerzos en construir una España mejor, una España que no fuera a la zaga de los demás países europeos y que recuperara el esplendor cultural de siglos pasados. Para estos movimientos y personalidades era un hecho incuestionable que España se encontraba en plena decadencia, es decir, que estaba gravemente enferma y que sólo podría recuperar la salud mediante una enérgica revitalización espiritual, moral y política;
para muchos de ellos era convicción firme, avalada por la historia, que España había adquirido su fisonomía propia como pueblo y su peculiar personalidad al calor del catolicismo;
y, por ello, no pocos tenían por evidente que su anhelada regeneración pasaba necesariamente por un cambio profundo en la mentalidad católica y en la Iglesia.
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