Sudáfrica se juega su destino en las urnas. El martes, día 17, la minoría blanca, que durante décadas ha dominado el país, debe responder a la convocatoria del hombre de la apertura, el presidente Frederik W. de Klerk, para manifestar, pública, inequívocamente y de forma comprometida, su apoyo o rechazo a la política de negociación con la mayoría negra. Si la población blanca se aferra al pasado y repudia a De Klerk, éste se verá obligado a cumplir su amenaza de dimitir abriendo un vacío institucional que desembocaría en el caos y la violencia generalizada. Si, por el contrario, la mayor parte de los blancos opta, consciente y libremente, por sancionar con su voto la abolición del "apartheid", la apertura política quedaría consagrada definitivamente y Sudáfrica se adentraría de forma irreversible, en un camino esperanzador, pero no menos arriesgado, incierto y difícil que el actual, y que antes o después debe conducir al país a un futuro que, inevitablemente, será negro.
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