Las cosas, en otro tiempo, hubieran sido distintas. Hubiera habido algún Greco, y alguna maza, y algún pendón, en las frías paredes de palacio. Habríamos preguntado por el cardenal primado y un portero habría dicho "arriba". Luego, sí. Luego le hubiéramos visto entrar como acaba de entrar ahora: en zapatillas, con el pelo blanco, los calcetines rojos, la piedra verde y un enorme crucifijo con el que juguetear...
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