A principios del siglo XVIII, una vez finalizada la Guerra de Sucesión, los gobiernos de Felipe V trataron de introducir en España los avances científicos y tecnológicos producidos en el resto de Europa durante el periodo de aislamiento intelectual que había caracterizado a la España de la época de los Austrias. España carecía de instituciones académicas para el fomento de la ciencia como las existentes desde el siglo XVII en Francia o Gran Bretaña, y la universidad aún permanecía anclada en estructuras arcaicas y enseñanzas aristotélicas. De ahí que, en muchas ocasiones, estos gobiernos tuvieran que utilizar a determinados cuerpos militares para institucionalizar y desarrollar algunas disciplinas científicas y técnicas de mucho interés práctico y estratégico para el Estado, como la construcción naval, las fortificaciones, la astronomía práctica o los trabajos cartográficos.
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