En 1994, tras dos años de viaje, una niña bosnia llamada Almerisa llegó junto con su familia al centro de refugiados de Leiden, en Países Bajos, huyendo de la guerra de los Balcanes. La fotógrafa Rineke Dijkstra la retrató en el propio sitio de acogida. Durante los siguientes años, continuó fotografiándola en los distintos lugares de Holanda en los que vivió, pero con la misma puesta en escena: una habitación sin apenas decoración, y ella sentada en una silla y mirando fijamente a la cámara. Un espacio libre de distracciones que obliga al observador a dirigir toda la atención sobre el paso del tiempo. El sobrio estudio sobre el punto de vista y lo transitorio.
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