Yo no voy a enrostrarle a usted, Camilo Jose Zela, un panegírico ni un discurso solemne. Ni voy, por cierto, a revelar al auditorio primores de su obra literaria. Pero si quiero, a nombre de mis compañeros de la Academia Peruana de la Lengua, decir a usted gratitud y simpatía por la gracia y el empuje con que ha tratado usted a las palabras, por el trajín constante en que las tiene comprometidas, por la audacia con que nos la avienta, a veces con inocente descaro, con rabia y fuego a veces; y a festejarle la punteria cabal con que nos asesta usted (y a veces, ¡coño!, nos asusta) palabra tras palabra, haciendo del lenguaje arma eficaz de sus aciertos de escritor, cuando no testimonio de su inocultable instinto de antropólogo.
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