Hay cuerpos a los que les riman los pasos y se tocan desde lejos, aunque de cerca ni se toquen; también hay cuerpos repletos de sangre, que rompen el suelo cuando hablan. Sobre el escenario, el Ballet Nacional de España empeña sus casi doscientos brazos en buscar la calidad curva del tacto, la exacta marea de la danza; en la sala de ensayos, sin organdí ni chaquetilla, el reino de los calientapiernas sabe de sudores, deseos y daños frente a la barra y los espejos. Cerca de todos, María de Ávila. A los lados acecha la polémica.
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