Los cuadros que Pedro Peschiera exhibió en la galería Lucía de la Puente en Barranco influían de inmediato en la actitud del espectador al imponerle un silencio dificil de quebrar, convirtiéndolo de bullicioso diletante en repentino devotos que trataba de desentrañar en misterio del subyugante hermetismo de aquella austera iconografía pintada.
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