En una callejuela escondida, cuando cae el sol a plomo y hasta los gatos duermen la siesta, diviso, de pronto, a un señor tan alto como enlevitado que maneja con ademanes quijotescos y torpes un cubo y una especie de fregona y que tiene toda la pinta de querer fijar en la pared un cartel electoral. A su alrededor, silencio, sol, moscas... un extraño Cid cabalga, que diría el poeta, a lomos de una escalera de mano.
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