La temporada que ya está entre nosotros con su prólogo bien cumplido, su inauguración oficial devaluadamente servida y su feria más famosa -título que por tradición, gracia y querencia le corresponde a la de Sevilla- concluida, ha tenido unas vísperas muy agitadas, mitad amenazadoras y mitad polémicas, por causa de los toros, de los arrendamientos y de una huelga laboral. Que los toros sean problema en la cosa del toro no debe extrañar a nadie y que los arrendamientos de las plazas vengan siéndolo con creciente y a veces politizada importancia, tampoco; pero que los toreros, siempre dejados de casi todas las manos, las suyas incluidas y las de la Providencia aparte, hayan despertado a las inquietudes previsoras con cierta unidad y contundencia, ya nos lleva al terreno del asombro.
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