Como la gran mayoría de países durante el siglo XIX, México era profundamente desigual; sin embargo, se distingue de muchas de aquellas naciones porque su camino hacia la reducción de la desigualdad ha sido más lento y, por lo tanto, más largo. El México de aquel siglo era una sociedad estamental,1 de claras jerarquías, que veían su reflejo en la distribución de la riqueza y el ingreso. Son abundantes los documentos históricos que dejaron un testimonio de dicha inequidad: relatos como los de Humboldt,2 en los que proclamaba a México como “el país de la desigualdad”, expresiones artísticas como los retablos de castas y, sobre todo, leyes, decretos y testamentos.3 Estos testimonios y documentos nos dejan ver y reconstruir los niveles, la trayectoria y distintos aspectos de la inequidad nacional a través del tiempo. La desigualdad en nuestro pasado está vinculada a la desigualdad en nuestro presente. En esta evolución histórica hay claves para entender nuestros éxitos y fracasos en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.
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