Cada persona constituye una subjetividad única e irrepetible, posee un universo simbólico singular, aunque los significados que lo configuran sean en esencia compartibles. De hecho, tales significados han sido inicialmente adquiridos y construidos en la interacción social, aprendi-dos y modificados a partir de la experiencia, en la comunicación, en el encuentro con otras subjetividades que se construyen de forma similar (Ruiz Silva, 2008). De este modo, los aprendizajes sobre el pasado del mundo social son fundamentales en la idea que cada quien tiene sobre sí mismo, tanto en términos cognitivos como en términos identitarios. Aunque estos aprendizajes no son inmutables, sí son relativamente es-tables a efectos de reducir la incertidumbre y fijar las bases de los si-guientes aprendizajes.
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