Las lenguas se emparejan sin consentimiento, no lo pueden evitar, sin ceremonia, sin oficiante, sin testigos, sin invitados y sin posibilidad de divorcio. La recién llegada comparte el domicilio de la ya establecida. Lo extraordinario es que se llevan bien incluso cuando una empieza a flaquear mientras la otra se robustece. La pareja vasco-española no es una excepción. El castellano, tan casquivano como seductor, vive hoy también en pareja con el valenciano en la Comunidad de Valencia, con el náhuatl en México, con el quechua en Perú, con el guaraní en Uruguay, con el inglés en Estados Unidos y con muchas novias más. El artículo indaga en las razones y usos de la convivencia ambilingüe o uso de dos lenguas con similar destreza en la vida cotidiana, y señala los principios que acomodan (o deben acomodar) la convivencia en el respeto a los hablantes monolingües (castellano) y a los ambilingües (castellano y vasco).
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