En Se llamaba Manuel Víctor Fernández Correas imbrica con solvencia narrativa un bochornoso episodio histórico (la dejación de soberanía nacional que supuso aceptar que en el suelo de España se instalaran bases norteamericanas) y la sórdida realidad que se veían obligados a sufrir los homosexuales (saberse gay en aquel país recién salido de una guerra, definida por sus ganadores como «cruzada», era el más refinado infierno para arrastrar unas vidas condenadas de antemano al más feroz ocultamiento y vergüenza).
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