La crisis energética, iniciada a mediados de 2021 con la recu- peración económica mundial tras la pandemia de la COVID-19 y exacerbada por la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, ha obligado a la UE y los Gobiernos de sus Estados miembros a adoptar una serie de medidas que pretenden, entre otras consi- deraciones, desconectar energética y económicamente a la UE de la Federación Rusa antes de que finalice la presente década. Este objetivo supone un reto colosal y requiere, además de reducir la demanda energética europea e impulsar el desarrollo de energías renovables, encontrar fuentes de suministro alternativas para sustituir a medio plazo los combustibles de origen ruso. En este esquema, la proximidad geográfica hace del Cáucaso sur y de la cuenca del Caspio, rica en hidrocarburos, una de las opciones más prometedoras.
El problema que ello plantea es que, situada en el corazón de lo que Rusia considera su cinturón de seguridad, esta es una de las zonas más inestables del espacio postsoviético en la que, a pesar del esfuerzo que la guerra en Ucrania le exige, todavía ejerce una influencia incuestionable. Hace tiempo que la UE considera al Cáucaso-Caspio una región de interés estratégico y otro tanto ocurre con EE. UU., para quienes el Cáucaso es un área idónea para la aplicación de su estrategia de contención de las potencias rivales a nivel global, Rusia y China. Son los intereses encontra- dos de todos estos actores geopolíticos, a los que se añaden los de las potencias colindantes, Turquía e Irán, los que condicio- nan el papel que la UE ha previsto para el Cáucaso-Caspio como suministrador alternativo de recursos energéticos, obligando a moderar las expectativas.
The energy crisis, initiated in mid-2021 by the global economic recovery following the COVID-19 pandemic and exacerbated by the Russian invasion of Ukraine in February 2022, forced the EU and the governments of its Member States to adopt a series of measures that aim, among other considerations, to discon- nect the EU from the Russian Federation before the end of this decade. This is a colossal challenge and requires, in addition to reducing European energy demand and boosting the develop- ment of renewable energies, finding alternative sources of supply to replace fuels of Russian origin in the medium term. In this scheme, the geographical proximity makes the South Caucasus and the Caspian basin, rich in hydrocarbons, one of the most promising options.
The problem this raises is that, situated at the heart of what Russia considers its “security buffer zone”, this is one of the most unstable areas of the post-Soviet space in which –despite the effort that the war in Ukraine requires– Moscow still exerts an unquestionable influence. The EU has long regarded the Cau- casus-Caspian region as a region of strategic interest, as has the US –for which the Caucasus is an ideal area for implemen- ting its strategy of containment of Russia and China, its global rival powers. The conflicting interests of all these geopolitical players, in addition to those of the neighboring powers –Turkey and Iran– condition the role that the EU has envisaged for the Caucasus-Caspian as an alternative supplier of energy resources, forcing it to moderate expectations.
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