Ciudad Real, España
Cuando al atardecer del 30 de mayo de 1108, en las llanuras al oeste de Uclés, el gobernador almorávide de al-Ándalus, Tamin, se postró para la oración en el crepúsculo, el panorama que se extendía ante su vista era dantesco. La tierra estaba sembrada de cadáveres cristianos, entre ellos gran parte de la flor y nata de la nobleza de León y Castilla, con las cabezas cercenadas y apiladas “hasta crear una montaña para llamar a la oración”. En un solo día, los jinetes del desierto y sus aliados andalusíes habían destruido a una gran hueste de caballería cristiana, lo que demostraba que las antiguas tácticas ya no contaban con la superioridad que habían tenido hasta ese momento, superadas por las nuevas maniobras de las tropas norteafricanas en el campo de batalla.
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