Identificar las sutiles trazas arqueológicas de la batalla del Jarama de febrero de 1937 es, en consecuencia, muy complicado. Afortunadamente, contamos con una serie de ventajas. Por un lado, el entorno físico donde se libraron los combates fue un foco de interés desde muy temprano para los excombatientes, un auténtico “lugar de memoria”. Primero para los franquistas, donde el Pingarrón adquirió un estatus mítico, que lo emparentaba con otros hitos de la cruzada, como el Alcázar de Toledo o el santuario de Santa María de la Cabeza. Después para los veteranos republicanos que visitaban la zona tímidamente, sobre todo en los últimos años de la dictadura y en los primeros de la democracia. Las colinas peladas y los olivares del Jarama poseían un especial significado emotivo para los viejos brigadistas internacionales. Unidades como el Batallón Lincoln habían recibido allí su sangriento bautismo de fuego.
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