En enero de 1208, cerca de la abadía de Saint-Gilles-du-Gard, el legado pontificio Pierre de Castelnau fue asesinado por los esbirros del conde de Tolosa. Aquel acontecimiento marcaría el comienzo de violentos enfrentamientos militares que se desarrollarían a lo largo de veinte años –de 1209 a 1229– en el Mediodía francés y que enfrentarían, de un lado, al conde de Tolosa y sus hombres y, del otro, a los barones vasallos del rey de Francia procedentes del norte. Se trataba en realidad de una guerra bendecida por el papa, que consideraba que el conde era un hereje y que protegía a otros como él. Declaró así que todos aquellos que murieran en combate contra los meridionales obtendrían la remisión de sus pecados y accederían al paraíso, exactamente igual que los cruzados en Tierra Santa. Bajo la égida espiritual de la abadía de Císter, que alentaba y bendecía la masacre de la población local, se desarrolló una cruzada en el seno de un país cristiano, la que los historiadores designan como la “cruzada contra los albigenses”. Su impacto en la región fue considerable, y todavía hoy valoramos sus efectos.
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