Acaba un curso. Uno más en el que el creciente deterioro de la enseñanza estatal ha ido en aumento. Los enseñantes están en el centro de una profunda crisis de identidad profesional. Su tarea, sus deberes y sus derechos, son boicoteados por una burocracia sólida y, también, por la presión de una demagogia que los estimula a recuperar con la vara la autoridad perdida. La insensibiblidad de la administración educativa no solo se muestra en los aspectos cuantitativos del problema, sino también en la creación y agravación de un clima moral en el que la relación pedagógica es poco menos que imposible.
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