La mayoría de los ministros de educación han sido grises o brillantes abogados, administrativistas o disciplinados funcionarios de la cultura. Pero nada saben de pedagogía o de didáctica. Tanto valen para organizar la escuela de los niños y adolescentes como para Justicia, Cultura, o lo que toque en la rifa del pasillo y en la paciente espera de la llamada telefónica.
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