Estamos viendo cada día cómo aumentan las tasas de fracaso escolar, cómo cada vez son más los alumnos que no encajan en las normas institucionales. Y no basta con leves cambios de contenidos o con la renovación de programas envejecidos. Es preciso encarar la realidad. El aprendizaje escolar se ha convertido, en líneas generales, en una dificultosa acumulación de información, en un eslálom estéril de obstáculos académicos y en una tentativa de interiorizar hábitos sin excesiva convicción. Aprender debe y puede ser un itinerario apasionante, inacabado; nunca un sendero agotador, desarraigado y solitario.
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