Entre los años 1938 y 1939 el Servicio Nacional de Turismo adscrito al Ministerio de Interior del gobierno sublevado pone en marcha las denominadas Rutas de Guerra, unos itinerarios turísticos en las zonas de guerra donde las tropas nacionales estaban ganando. Dichas rutas tenían la finalidad de legitimar la sublevación militar franquista. Así, a través de la exposición del patrimonio histórico, los turistas podían reconocer la progresiva victoria de los nacionales. Esta modalidad de turismo generó la atención de millares de turistas extranjeros interesados en los impactos de la contienda. Esta experiencia es considerada el único ejemplo de la historia en que un gobierno organiza rutas turísticas comerciales guiadas en una zona de guerra activa. No podemos atribuir, estricto sensu, la categoría de turismo oscuro a esta experiencia, pues sus intereses eran en primer lugar políticos e ideológicos. De todos modos, lo cierto es que generaron unas dinámicas muy similares a las que actualmente se proponen los productos de turismo oscuro, pues pretendían actuar en los sentimientos y emociones de sus visitantes. El presente texto analiza este fenómeno y reflexiona sobre los usos políticos y turísticos del patrimonio histórico en un contexto de guerra activa.
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